
Sigue sin existir, exposición colectiva junto con Susana Pérez Gibert y Yolanda Santamaría Galerón, Espacio Tangente, Burgos.
No puedo plegar los sucesos del mundo a mi voluntad: soy completamente impotente.
Solo puedo volverme independiente del mundo— y en cierto sentido dominarlo—
renunciando a cualquier influencia en los acontecimientos.
Ludwig Wittgenstein
Lo que permanece es la estructura,
la arquitectura del argumento,
escena o historia.
John Ashbery

Cuando un hecho se levanta de forma abrupta, de ninguna parte y sin causa aparente se convierte en acontecimiento. Durante el siglo XIX los románticos imaginaron desde el más puro ensimismamiento paisajes que se encontraban a cientos de miles de kilómetros del centro de sus estudios, de sus talleres, de sus escritorios. Así, Turner pintaría “el lado más dramático de la naturaleza sumergiéndose constantemente en la experiencia de la tormenta”. Reaccionaron a la experiencia traumática imaginando un mundo sin ellos, escaparon a la fantasía. Y un mundo sin sujeto es el mundo en sí mismo. Ese ensimismamiento, producido por un aislamiento mental y físico, refleja un estado de colapso frente al que no podemos hacer nada.
De forma casual, casi por accidente, empecé a dibujar estructuras arquitectónicas que se desplomaban en paisajes que no había visitado nunca… Estos dibujos surgieron durante el confinamiento. Desde mi enclaustramiento observé y dibujé la devastación que aún sigue definiendo nuestra historia actual. Porque se puede hacer una historia del mundo a través de sus catástrofes y levantamientos. Los acontecimientos recientes han significado un cambio de paradigma. Ha ocurrido, y sigue persistiendo, un hecho concreto y a su vez abstracto que no se puede palpar, pero sí sentir: se ha sincronizado una catástrofe. Y, en cierto sentido, esta situación podría ser el índice del proyecto La piedra que cayó del cielo. Un hecho casi propio de una escena de ciencia ficción, porque en cierto modo es algo incomprensible e imprevisible, un objeto frágil y difícil de medir. René Thom, citado de memoria por Víctor Gómez Pin, ilustró, tanto la inteligibilidad de los fenómenos naturales como la impotencia ante los mismos con este ejemplo: «Hay una situación de emergencia; la inundación alcanza mi casa y yo subo a la terraza, desde la que contemplo cómo las aguas alcanzan el piso superior. Tengo ajustada percepción del fenómeno, cabe incluso suponer que he alcanzado a saber la razón de emergencia; mi lucidez es, pues, total, pero… no puedo hacer absolutamente nada». Plinio el Viejo quiso conocer la verdad tan a fondo que fue al Vesubio en erupción para comprender por qué una montaña escupía fuego y humo. Fue al centro mismo de la catástrofe, se moría por conocer la verdad, lo mató la verdad. Y es que el hombre domina ciertos aspectos de la naturaleza, pero le es imposible dominar la catástrofe meteorológica. En esos momentos, la naturaleza se levanta contra el hombre. Somos capaces de comprender los fenómenos naturales, e incluso, de llegar a concebir su origen: “la naturaleza se desvela ante nosotros”. Una tormenta de nieve, un tsunami, la erupción de un volcán “se hacen transparentes ante nuestras capacidades cognitivas”, pero, a pesar de ello, no podemos hacer absolutamente nada. Esa disposición ante lo inevitable, el ser simples observadores ante la catástrofe, es uno de los ejes principales de este proyecto.

S/T de la serie, La piedra que cayó del cielo.
Acrílico y grafito sobre tela.
160x100cm.

A pedra que caiu do céu, Centro Adriano Moreira, Bragança, Portugal.
Proyecto realizado en la residencia, Laboratório de Arte na Montanha – Graça Morais (LAM-GM), del Instituto Politécnico de Bragança, en Bragança, Portugal.

S/T de la serie, La piedra que cayó del cielo (2022).
Instalación: acrílico y grafito sobre tela/ Sonido en bucle por, Miguel Rodríguez y Alsira Monforte.
Dimensiones variables.

S/T de la serie, La piedra que cayó del cielo .
Arriba y abajo: acrílico y grafito sobre tela.
300×280 cm.

[…] Ante una imagen, tenemos humildemente que reconocer lo siguiente: que
probablemente ella nos sobrevivirá, que ante ella somos el elemento frágil, el elemento
de paso, y que ante nosotros ella es el elemento del futuro, el elemento de la duración.
La imagen a menudo tiene más de memoria y más de porvenir que el ser que la mira”
Georges Didi-Huberman.
Y “ante el muro, estamos frente al tiempo”. A la hora de dibujar las catástrofes muestro “montajes de tiempos heterogéneos que forman anacronismos”: al roturar los campos de cultivo la tierra hace aflorar arquitecturas de hace diez siglos, el derribo de un edificio de viviendas en Lisboa creará una capa de escombro sobre la que se construirá un edificio de cristal y acero. Como si se tratara de un atlas, en los dibujos confluyen varias imágenes que operan en tiempos distintos. Es como si “se interrumpiera el curso normal de las cosas”, una mezcla que refleja la inestabilidad del corpus arquitectónico frente a la inestabilidad del tiempo. Y de ahí, su destrucción total.
La piedra que cayó del cielo es un proyecto que analiza lo efímero de los materiales pesados, la perennidad del paisaje y, por ende, la fragilidad de cualquier estructura de vida. Mediante arquitecturas anacrónicas, el solapamiento de estados, tiempos y de su destrucción, indago en las fracturas de situaciones que están y han estado al límite. A veces, la forma no es la que define el objeto, lo son sus grietas. Así, pretendo plasmar con los dibujos, la defunción de una serie de estructuras en un entorno que se convierte en incertidumbre. Lo inesperado del final.

Arriba y abajo: S/T de la serie, La piedra que cayó del cielo.
Acrílico y grafito sobre tela.
300x290cm./ 230×230 cm.

No existe , Salamanca, exposición colectiva autogestionada en una antigua frutería junto con Susana Pérez Gibert y Yolanda Santamaría Galerón.
S/T de la serie, La piedra que cayó del cielo.
Acrílico y grafito sobre tela.
Dimensiones variables. Abajo: 200x200cm./ 120x110cm.

“Vendrá el tiempo porque el tiempo está viniendo,
porque algo está viniendo, aunque solo sea hasta el momento en que nada venga.”
Jean-Luc Nancy
El barón de Münchausen emprendió sus viajes inventados ligero de abrigo. Lo único que verdaderamente existe en su relato es el frío que pasó. Pues, ya emprendido su camino hacia Rusia, no dará marcha atrás ni para coger mantas ni para contener su relato. En un entorno en el que todo está roto, fragmentado y en perpetua mutación, lo único a lo que podemos agarrarnos es al pico del capote del barón de Münchausen. Un capote que ya no sabemos ni dónde está porque se lo regaló al primero que se encontró por el camino. Se ciñó el barón en sus historias a lo estrictamente imposible. Quitándose de encima las capas de lo predecible decidió apostárselo todo a la fantasía demencial. Estaba el barón de Münchausen llegando “a ese otro lugar incalculable e inmanejable” en el que ya todo es posible. Acabó, sin proponérselo, en “un país sepultado por la nieve”. Escribió, sin saberlo, la biografía perfecta.
Una biografía se puede hacer a través de los restos, una arqueología minuciosa de los hechos podría darnos cierta idea de lo que ocurrió. De esta manera, sin embargo, toda biografía pasará a formar parte del género de la ficción. Será la narración entonces reconstrucción de los hechos, un arte combinatorio en el que encajando las piezas llegaremos a infinitos principios e infinitos finales. Solo un relato nacido de la fantasía pura, si es que eso es posible, podría ajustarse a cierta idea de perfección o verosimilitud. Sigue sin existir es la continuación de una primera exposición que se llamó No existe. Y que siga sin existir solo puede decirnos de su persistencia. Nada ha cambiado desde la última vez. No existía y sigue sin existir. Son los restos de los restos, porque, aunque no exista, todo se rompe. Y es tarea del espectador negar la cadena de acontecimientos, pues una serie de eslabones no siempre dan lugar a una cadena. Así, en esta exposición los restos no prueban nada, se justifican por sí mismos como piezas creadoras de nuevos significados. Nos encontramos con fragmentos, objetos desplazados y cristales, huesos que nunca llegan a soldar encajados a la fuerza y que en su transparencia permiten, no solo ver lo que hay detrás —una pared—, sino lo que hay más allá, en el tiempo.
Esta exposición indica la herida por la que la realidad se desangra, y señala con el dedo temblando una nube de tiempos condensados. No hay aquí el duelo del réquiem, ni el duelo a muerte de los asesinos de la Historia. Hay una forma de celebrar la confusión, si no en un mismo lenguaje, sí en una misma dirección. Yolanda Santamaría, Susana Pérez Gibert y Alsira Monforte son muy conscientes de la naturaleza de la memoria y deciden, ante la fragmentación del tiempo, la destrucción que provoca la catástrofe, la confusión de los espacios simultáneos, el silencio de la pérdida y el vacío de lo que ya no está, unificar un discurso en la diversidad de formas mostrando una obra que no ha acabado, que existe pero que no existe, que ha sido concebida y que a la vez ocupa el lugar privilegiado de los trenes en marcha.
En previsión del desastre, o plenamente sumergidas en él, puede sentirse cierta melancolía por lo que no existe. Hay una preparación para perderlo todo señalando que ya todo se ha perdido. Y que solo en el ejercicio de pensarlo, de recrearlo, se puede superar esa pérdida. Al abrigo del inexistente abrigo de Münchausen, Mujer fantasma, de Yolanda Santamaría; Hacer después, de Susana Pérez Gibert; y La piedra que cayó del cielo, de Alsira Monforte nos plantean tres formas sin forma de la biografía, biografía familiar que son los fantasmas y las máscaras perpetuas, biografía de la transparencia que es el cristal roto recomponiéndose, y biografía del mundo que es la historia de sus catástrofes y ruinas. Tres postrimerías que en conjunto dan lugar a una cuarta, el paraíso, en el cual podemos ver un infinito paisaje vacío. La fantasía absoluta, esta vez sí, habiendo llegado a ese país sepultado por la nieve en el que cada uno puede recrearse la historia tal como fue.
Miguel Rodríguez Minguito
