Me llamo Alsira. Mi cumpleaños es el nueve de septiembre. Nací en 1992, en Zamora. He vivido en Zamora, Ponferrada, Salamanca, Valencia, Betanzos y Córdoba. He vivido en las Viñas, en la calle Obispo Osmundo, en la avenida del Castillo, en la calle Juan II, en Fernando de la Peña, en calle Riaño, en la calle Ambrosio de Morales… He vivido en casas más antiguas y más nuevas, de dos o tres habitaciones. He vivido con mi abuela, con Yolanda, con mi madre, con mis hermanos, con mi padre, con Diego, Luciana, Malek, Edu, Guillem, Yolanda, Gabri, Paula, Sheila, Ana, Miguel… Ahora vivo con Miguel. He tenido tres gatos; Canicas, Ártica y Bruno. Canicas ahora está con mi padre y mi hermano. Ártica con Rosa. Bruno no está. No tengo pueblo, pero si casa en un pueblo de Zamora. Ahora vivo en Salamanca.

En mi trabajo estoy constantemente explorando esos lugares, explorando mi propia cotidianeidad: los recuerdos, las vivencias, el nomadismo, la familia, la casa, los edificios, su construcción, el espacio… Los objetos, la domesticidad del hogar, el paso del tiempo, lo pequeño, lo monstruoso, el terror, la catástrofe. Son las cosas que siempre me planteo y estudio. Me imagino lo que ha podido ocurrir en mi vida, la transformo para dar origen a objetos volubles y cambiantes. Me gusta inventar historias. Me gusta encontrar lo imprevisible, “la gracia de descubrir lo extraño allí donde todo parecía normal.”

No me concentro en un proyecto o pieza determinada. Soy caótica. Empiezo algo y luego surgen otros elementos. Están conectados, pueden dialogar entre sí, pero son otros. He tenido momentos en lo que me ha interesado trabajar más con el archivo, el archivo en bruto, como puede ser Casa nómada: son fotografías y vídeos extensos de mi familia y el silencio de sus casas; mis casas. He trabajo con el objeto, he querido darle vida, animarlo, he querido convertirlo en un “organismo vivo”, que manifieste el paso del tiempo y su tiempo. Le he adherido otros materiales “blandos”, “efímeros” como: cera, barro, gasas, estopa, goma laca… Casi todos han sido objetos que han pertenecido a mi familia. Mi familia, siempre he trabajado, directa o indirectamente, en torno a ellos. Ellos son mi origen. Y me interesa todo de ellos. Me interesa su forma de hablar, de andar, de comer, su forma de colocar las cosas en una estantería, la forma en la que ponen la mesa… Por ejemplo, con mi abuela siempre comemos en la cocina, con mi padre en el comedor, casi siempre pone un hule de color morado y servilletas de tela. Mi tío expande los alimentos por toda la mesa, los cuchillos y los tenedores nunca pertenecen al mismo juego…

Puedo decir, que las cosas que hago son como diarios subjetivos metidos en una cápsula de cristal. Un cristal traslúcido donde se ven seres y objetos que determinan el ritmo de un día cualquiera de mi vida. Porque para mí, es en lo anodino donde surge “un mundo de infinitas posibilidades”.

 

Y ahora, en estos momentos tan raros y difíciles palpo más la casa y su significado. Me planteo con más detenimiento el paso del tiempo, su incoherencia y la incertidumbre constante. El acto de no saber qué hacer, el acto de no poder hacer nada. El movimiento perpetuo de un día tras otro. La imagen de la tempestad y su apunte…

Llanto,
al cielo azul.
La atmósfera apagó la luz
y la casa empezó a arder.
¡Devastación!, gritó Vitruvio.
Despedazar el argumento
de la estructura voraz
en el salón de la cocina de Le Corbusier.
El vidrio se convirtió en nostalgia,
el humo se convirtió en relato.
El ladrillo y el hierro lloran a la ruina,
que se convirtió en hecho.
La nada de un espacio
que ahora se acuesta abierto,
traduce el emblema de la posteridad.
La inestabilidad existe…
El muro estalló, habló al infinito
y le dijo: eres tú quien me enseña a morir.

Todo fue fugaz.
Nada más.